En este camino espiritual es muy fácil caer presa de los estados emocionales.  ¿Cuántas veces escuchamos a las personas hablar maravillas de esta senda, de prometer dar la sangre y la vida por este conocimiento, de arrepentirse y exclamar que jamás volverán a caer, que no van a parar hasta fundirse con Dios?
¿Cuántas veces hemos escuchado a las mismas personas o a otras decir que es muy difícil, que no pueden con las terribles pruebas que están pasando, que no tienen tiempo o que su enamorada/o no quieren, que no pensaban lo duro que iba ser? Y allí radica el problema: no piensan, no calculan los riesgos y los beneficios.
Bien, para cualquier cosa que hagamos en la vida, antes de hacerlo proyectamos la idea y vemos cuan viable es, que posibilidades de fracasar o de tener éxito hay. Bueno, pareciera que para la iniciación no hay ningún cálculo, que sólo con el corazón llegaremos a nuestro objetivo; y sabed bien: el corazón es uno de los pilares, pero también la mente.
Claro, a veces nos sucede en forma contraria: mucha mente y poco corazón, por eso es tan bien llamado el filo de la navaja, porque recorremos este camino entre dos precipicios, el frío y el calor, el bien y el mal, la vida y la muerte, la mente y el corazón, y con cualquier error salimos de la senda.
Porque la mente aporta el conocimiento que es frío y el corazón coloca el amor que es caliente; de ellos nace la sabiduría y la verdad, si falta alguno de ellos, nada hay de eso si no dolor e ignorancia.
Por eso para no ir del optimismo fantasioso a la desesperación cursi, debemos siempre meditar, y más aún en este camino, cuanto debemos sacrificarnos para realmente poder cumplir aquello que prometimos. Porque siempre tendremos que enfrentar al mal bajo la forma de obstáculos y dificultades. Estar ciego en este camino es, muy pero muy, peligroso, porque en esta ascensión hacia la cima tenemos árboles caídos, ríos profundos, vueltas y atajos que a ningún lado conducen; hay millones formas de perderse, y si estamos ciegos y sordos, lo más probable es que terminemos en un zanjón que en la propia cima. Esta ingenuidad se paga muy cara, a veces hasta con nuestra propia vida.
Por eso es tan importante combinar sabiamente reflexión con audacia, osadía con precaución. ¿Cuánto se necesita de cada uno? ¿Cómo es la mezcla perfecta? Solo uno la sabe, solo uno la aprende equivocándose y acertando. Así es como el fanático optimismo y la desmoralización siempre están al acecho para cazar al incauto Iniciado, esperando que dé el primer paso en falso y cobrar así su presa.
Pero el verdadero Iniciado ve a estas dos condiciones en una misma forma, de la misma manera que un hombre ve al invierno y el verano como los ciclos de un mismo año. Pasará el verano con todo su calor, toda su fuerza, todo ese empuje que nos lleva a prometer e imaginar el infinito y mas allá, y luego viene el invierno que es cuando se repliega nuestra voluntad, donde todas las intenciones se marchitan, donde las acciones se congelan. El mismo ciclo que le sucede al planeta en forma celular, nos sucede a los humanos, confirmando esa sabia ley que dice: como es arriba es abajo, como es abajo es arriba. Los ciclos infinitos se reproducen como el eco de un sonido en el tiempo y el espacio de este universo, descendiendo de esfera en esfera.
Es por todo esto que un Iniciado jamás debe perder el equilibrio, y mantener ese estado es lo más difícil que un hombre tenga que realizar. Porque contrariamente a lo que muchos creen, que ser equilibrado es ser neutro, que para ser equilibrado se debe estar siempre inmóvil en el centro, contrariamente a esa idea o deseo, la vida que es movimiento nos dice que para estar en el centro, uno debe balancearse siempre de derecha a izquierda sin nunca caer, es como un trapecista en la cuerda floja, ese es el verdadero equilibrio.
Pocos lo consiguen porque no hay escuelas de equilibristas, si no que es el oficio el que hace al oficiante. Sabed bien que hay épocas en donde todo irá bien y las puertas del cielo se nos abrirán, sabed que habrán momentos en que todo se encontrará cerrado y a pesar de golpear desesperadamente nadie nos abrirá; si comprendemos que debemos pasar por el medio, sin perdernos ni en un sendero ni en el otro, si no que justamente cuando pudiendo hablar sepamos callar y cuando pudiendo callar sepamos hablar, habremos aprendido el valor del equilibrio, sin ilusionarnos ni derrumbarnos, manteniéndonos en pie, siempre adelante. Porque sólo los inteligentes y los fuertes consiguen finalmente la victoria, combinando sabiamente cada una de las partes en su justa medida y en su justo peso.

 
 

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