La Palabra

La clave del éxito en el camino espiritual es saber controlar los pensamientos, sentimientos y acciones. El buen discípulo aprende el difícil arte de saber dominarse, primero con las acciones, luego con la palabra, continuando con los sentimientos y finalizando en los pensamientos.
Es importante tomar conciencia que la palabra es el sustento, el soporte de la propia materia. Nosotros la abastecemos con nuestro verbo creando tanto para el mal como para el bien.
La propia boca es un órgano maravilloso que contiene los principios femeninos y masculinos dentro de si. La lengua como principio masculino que es la voluntad, la acción de moverse dentro de ese cáliz oscuro en donde el sonido siempre se gesta, y que es el principio femenino. Cuando estos dos poderes se unen se crea la palabra que es su hijo.
Sabemos de la importancia del verbo ya que en los evangelios y en el antiguo testamento tenemos varias citas en donde a Dios se lo compara como el verbo divino, el halito de vida. Por consiguiente tenemos que estar muy atentos a lo que decimos y más atentos aún cuando prometemos.
Es por ello que debemos ser prudentes con nuestra palabra, debemos aprender a hablar cuando se debe y a callar cuando es necesario. Siempre es riesgoso hablar demasiado porque uno puede caer fácilmente en la crítica o en las acusaciones de nuestros semejantes, la moderación en cuanto a lo que decimos es fundamental para que luego no tengamos que arrepentirnos por el daño hecho.
Por eso es necesario que aprendamos que nuestra palabra debe ser constructiva, ese debería ser siempre nuestro objetivo. Claro que a veces para que podamos aprender como corresponde se nos dan unos buenos tirones de orejas, pero veremos que esas palabras estarán siempre impregnadas de amor y de caridad.
El sabio uso del verbo se nos fue dado para que podamos iluminar y levantar al caído, quien comprenda esto tendrá un verbo maravilloso y sólo estará al servicio del amor, la justicia y la libertad de todos los seres.
Recordemos que la palabra es un lazo que une o ata a todos los seres vivos. Es cierto que es mucho más fácil hablar que hacer, pero aquel que busca la clave del éxito en el camino espiritual sabe que entre pensar, hablar y hacer debe haber correspondencia y unidad.
Cada palabra es como nuestra firma que se estampa en la naturaleza, un cheque que emitimos y que sino tenemos fondos con que pagar será nuestra deuda del mañana. Dice una ley divina que deberemos dar cuenta de todos nuestros actos, entre ellos de nuestras palabras.
Ahora comprendemos porque los maestros hablan con el silencio y nos invitan a volver a la fuente en donde se encuentran todas las verdades. Ahora entendemos que ese silencio de los seres trascendidos sucede, porque aquel que posee un verdadero tesoro lo cuida y lo protege, y sólo lo comparte con aquellos que están preparados para darse cuenta de su valor.
El que aprende a hablar con dulzura no sólo a los hombres sino a los animales, plantas, rocas y todos los seres de este universo es realmente un mago. Su varita mágica es su boca y su fórmula mágica es su propia palabra. Su verdadera fuerza está en que sus gestos son siempre desinteresados y en perseguir la justicia y el amor en cada acto de su vida.

 

 

 

 

 

 

 

 
 

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